Los amores diversos

¿Cuántas páginas son una vida?

 

      La vida se decide entre versos. Entre las páginas que construyen nuestra memoria: las historias que nos contaron de niños, los poemas que copiamos para alguien siendo adolescentes o los personajes que, alguna vez, nos enamoraron.

 

      Ariadna no acaba de encontrarse en ese laberinto literario. Un mundo de palabras que se derrumba cuando se entera de la muerte de su padre en extrañas circunstancias. Impulsada por la necesidad de conocer la verdad de lo sucedido, deberá hacer frente al pasado familiar y, sobre todo, a sí misma en una sola noche. Porque sabe que en su presente, en sus caóticos treinta y algo, hay tantas sombras como las que deberá descifrar en la vida de su padre si quiere entender por qué y cómo murió.

 

      Siluetas y fantasmas que dibujan, en el ayer de él y en el hoy de ella, amores secretos, anónimos, diversos. Amores que, en la madrugada más desnuda de su vida, amenazan con desbordarlo todo y obligar a Ariadna a elegir entre salir del laberinto o quedarse, encerrada entre sus muros, para siempre.

 

Las páginas de nuestra vida

 

            Los amores diversos  nace como un recorrido emocional e introspectivo a través de algunas de las voces más sobresalientes de la literatura de los siglos XIX y XX, combinando lírica y prosa en un personal código lingüístico que aborda la construcción de nuestra identidad a partir de los ecos literarios que la edifican.

Todos, como Ariadna, intentamos ver reflejos de nuestro yo en cuanto leemos. De este modo, conoceremos su pasado, su presente y, más aún, su futuro de mano de los autores que han marcado su camino y su devenir. A lo largo del monólogo, las voces de los textos que han formado parte de su vida se funden con la suya propia, en un poético itinerario a través del tiempo y de la memoria.

 

            Todas nuestras vidas están llenas de páginas. Y a veces, para poder escribir un nuevo capítulo, necesitamos recordar cuáles son.

 

Según el autor

 

      Esta función nace como una pregunta y como un viaje. Una pregunta que se abre en mi doble vertiente de autor y de lector: ¿hasta qué punto nos construye cuanto leemos? ¿Cómo es la relación entre la realidad a la que nos asomamos en la literatura y la realidad que vivimos fuera de ella? El viaje es la consecuencia directa de este interrogante, porque solo acompañando a Ariadna en su devenir podía adentrarme en esa compleja e íntima relación entre el hecho de la ficción y la propia vida.

 

      En esta obra las respuestas siempre guardan relación con los amores que le dan título. El amor propio. El amor sexual. El amor al arte. El amor dentro de la familia. Y, sobre todo, el amor a lo que nos hace humanos: la palabra. Por eso, en su composición y en su concepto, es un texto tan esencialista, porque quería volver al teatro más primigenio, a la magia que sucede cuando alguien –una actriz- se comunica con otro alguien –el público-, convirtiéndonos en voyeurs de esta voz que se desnuda, verso en mano, ante nosotros.

 

      Ariadna representa mi único concepto posible de heroína: el de quien, conforme avanza la función (y la vida), se hace más fuerte hasta vencer sus miedos y aferrarse con fuerza al presente. A lo que haya de ser. Su vulnerabilidad es su mayor virtud. El precio a pagar en un viaje del dolor al vitalismo. De la oscuridad de una muerte a la luz de una vida por hacer. De la incertidumbre a una única certeza: la vehemencia.

 
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